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Rumorología
Juan Fernández Sánchez
Ha bastado un rumor interesado, proveniente al parecer del Deutsche Bank, para que los mercados financieros se hayan lanzado a la yugular de la economía española y le hayan provocado unas pérdidas de más de 25.000 millones de euros a nuestro país, lo cual, dicho sea de paso, plantea varias cuestiones apremiantes, como la de si merece la pena invertir una friolera de años aprendiendo los arcanos de una disciplina, la económica, tan expuesta a imponderables como los rumores. En otros tiempos, no tan lejanos, bastaba la difusión de un rumor para conseguir que unos sicarios eficientes te visitasen de madrugada y te invitasen a un paseo matutino, pese al relente, que solía acabar en la tapia de un cementerio o en una cuneta, o sometiesen a tu cuerpo a un rosario de torturas inquisitoriales. Felizmente, los nuestros son tiempos más sosegados, y lo máximo que puede conseguir una gorgona que eche pestes sobre ti en un cenáculo es tu muerte social, la siembra de una sospecha que costará dios y ayuda contrarrestar. Porque el rumor, como bien saben sus propagadores, deja a la víctima a merced de su malevolencia y ensañamiento, sin posibilidad alguna de defensa, sin el más mínimo resquicio para la salvación o la huida. El rumor se alimenta a partes iguales de sombras y prejuicios, huye como de la peste de la luz y evita exponerse a la rosa de los vientos, no vaya a ser que pille una pulmonía que acabe de una tacada con él y su progenitor. De ahí su empeño en crear complicidades, en trazar un círculo infernal de iniciados donde la víctima, bajo la advocación del gran buco, es quemada en la hoguera entre la complacencia, el beneplácito y las risas mefistofélicas de los presentes. Tengo la convicción de que cualquiera de los lectores habrá sufrido en sus carnes el efecto perverso de un rumor vertido contra su persona y habrá comprobado, demasiado tarde, cómo su nombre ha cotizado a la baja en los mentideros y el mercado de afectos sin que haya tenido siquiera el derecho del que gozan incluso los más sanguinarios asesinos, el derecho a su propia defensa. Así las cosas, el código penal también debería contemplar la posibilidad de castigar a las gorgonas obligándolas a ir a peluquerías donde les arrancasen de cuajo, una a una, las serpientes que conforman su siniestra y sinuosa cabellera.
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Julia San Miguel Martos
Ya le he dicho al del banco que se deje de zarandajas y que me anule la tarjeta que me han enviado por correo. Que sin usarla y sin yo pedirla, me han cobrado veinte euros por la patilla. Y que ya me puede estar devolviendo mi dinero o mis ahorrillos me los llevo, que no son muchos pero hace pupa si los quito de mi cartilla. Pues solo me faltaba a mí que me pasara como a mi hija, que me vino un día llorando como una Magdalena. “¡Ay, mamá, lo que me ha pasado! ¡Ay que estoy en la ruina, mamá! ¡Ay, mamá, que me quedo sin vacaciones, sin paga, y sin mi hucha de dos euros, mamá!”. Vamos que yo me llevé un susto de muerte, que ya creía que la habían atracado o la habían timado, que con estos tiempos no te puedes esperar otra cosa. Y me dice que si me acuerdo de esa tarjeta que se hizo en la gasolinera, esa que iba a ser un chollo y que le iban a dar no sé cuántos euros por cada pago que hiciera con ella. “¡Ay, mamá!, que yo este mes que me esperaba el cargo del súper, toda la compra, va y resulta que solo veo que me cobran dieciocho euros, y he llamado para preguntar y me dicen que tengo pago aplazado y que he estado pagando así durante más de un año. ¡Y yo sin darme cuenta! ¿Y sabes cuánto debo, mamá?”. “Ay, no me lo digas, hija, que me temo lo peor”. ¡!Tres mil euros, mamá!!”. Así que ese año ni con su paga, su hucha ni con la paga del marido le llegaba para tapar el agujero, y claro, si lo dejaban, pues más debían con los intereses. Menos mal que cuando mi yerno me propuso hacerme una, le dije que no. “Abuela, mira que le cuesta ir con los tiempos.” Qué tiempos ni qué chuminadas, que con el dinero no se juega. Pues no me cuesta llegar a fin de mes viendo el dinero, como para pagar sin verlo. Y ahora resulta que me viene el banco con las mismas. Y ya le he dicho al director, que o me devuelve el gasto de un gasto que no he hecho y me anula esa tarjeta que yo no quiero para nada, o me quito y me voy con la cuenta esa naranja, que ya aprenderé con el internete. Que para moderna, yo.
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